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Capítulo 2

Mientras Samuel Rodríguez está sentado en el inodoro se va la luz. La voz en off, de una chica, dice: “mido el tiempo por las idas al seven evelen”. Esa misma voz, en inglés ahora, repite el mantra de Bartleby: I would prefer not to. Lo cotidiano es lo elemental. El paso del tiempo. ¿Hay poesía fuera del poema? ¿Existe quizá en la sorpresa de la obscuridad mientras estamos desnudos? Samuel Rodríguez riega las plantas en ropa interior con una jarra de blanco transparente. Suele estar despeinado todo el tiempo. Su trabajo (vendedor de telemarketing) es un trabajo de inercia, repetición, repetición. Podría morirse ahí, vendiendo cosas por teléfono. Podría. Sus plantas se morirían a su vez. Es joven, pero aún no lo sabe, que eso pronto se acaba. O quizá sí y por eso escribe poemas. Escribe poemas mientras intenta vender una máquina para hacer abdominales. Escribe porque debe vender algo. En su cabeza pasan dos cosas (¿tal vez más?) el poema y el discurso elaborado para la venta (disculpe señor, me llamo tal y le tengo una oferta inmejorable), el poema es la mosca en la sopa o viceversa. Poema-sopa. La venta del día la mosca. Samuel mira a los vecinos, fuma con una colega del trabajo donde no podrá tener un ascenso nunca, toma la pesera mientras recita poemas. Samuel sabe, aunque no sepa, que todo se terminará. Él, la vida como la conoce, las plantas, la jarra transparente de agua, la silla donde se recarga cómodamente en la oficina aunque esté muy lejos de esa comodidad existencial. Lo que importa es salvar el día, el día, el día que se repite insaciable hasta volverse obscuro.

Brenda Ríos

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